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Un perro frente a la puerta de un supermercado. Una dueña que jamás volverá a por él. Un hombre que, sin alternativa, vuelve a casa con el animal e inicia la escritura de un diario donde, como sucede en cualquier diario, lo que se piensa no es siempre lo que se escribe y lo que se escribe no siempre es verdad. ¿Somos la mirada de los demás o solamente lo que afirmamos ser?
Odiseo, la ópera prima de Daniel Dilla, es una novela sobre el trauma y la identidad, y sobre los recovecos poco iluminados que el pasado proyecta en el presente. También sobre el tiempo, que azuza todas las vidas y, al mirarlas desde lejos, las reduce a algo mínimo, casi ridículo. Pero sobre todo es un libro que cuenta el viaje de ida y vuelta de un hombre y su compañero canino. Aunque en ocasiones se va, Odiseo hace honor a su nombre: siempre termina regresando a su Ítaca de cojines, caricias y silencio.
«Y contra ese amor, el lugar común. Cuántas veces escuché que un animal doméstico imponía a su dueño una fatiga. Para aliviarla, el dueño debía mantener su rol de líder, aunque, en el ejercicio de esta férula, yo detectaba más bien maltrato. Los códigos severos de disciplina animal facilitaban la tarea y descanso del dueño, pues, reiterando su condición firme de líder, le evitaban corregir y castigar a posteriori, con más tiempo y desgaste, malas conductas. Este sistema penitenciario garantizaba también la felicidad del animal, como si el destino de cualquier cuadrúpedo fuera agachar la cabeza y someterse a la disciplina de su amo. Así lo argumentaba un colega de la oficina, traductor y sesentón igual que yo. Nunca supe si en verdad amaba o no a los perros. Para él, una hostia a tiempo lo arreglaba todo, y sospecho que no se refería sólo a los animales».